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24/09/2023  

El jardín de Bomarzo

Las horas perdidas

Cuánto daríamos por recuperar las horas perdidas, sumarlas para, hechas días, meses o años, emplearlas de nuevo en cosas importantes

Publicado: 07/07/2023 ·
09:05
· Actualizado: 07/07/2023 · 11:52
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Bomarzo

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“¿Cómo sienta? Cómo sienta estar sin un hogar, como una completa desconocida, como una piedra que rueda (boca abajo)”. Like a rolling stone, de Bob Dylan.

Cuando los hijos de los amigos son adultos con sus carreras terminadas y empiezan a tener parejas y proyecto, a su vez, de independencia e hijos, que serán los nietos de los amigos, cuando el horizonte de la jubilación y los años restantes para ella se convierte en un tema habitual de conversación en el entorno y te sorprende, perdido en la inesperada idea, de que se cuenten los años para un retiro a pocos metros de partir hacia la vejez, que mal, cuando los años caen uno tras otro con sus inviernos acumulados y aquellos veranos infinitos de cuando niño, que parecían no tener fin porque septiembre y la vuelta al cole pertenecía al más allá, son ahora como suspiros que los devora el tiempo, cuando crecer y producir pierde notoriedad sobre saborear esos instantes jugosos de la vida que habitan en las cosas más pequeñas, cuando todo eso sucede bien se podría hacer balance de las horas perdidas en tantas cosas banales que darían, en su suma, para completar casi media vida vivida. Media vida perdida.

Cuánto daríamos por recuperar las horas perdidas, sumarlas para, hechas días, meses o años, emplearlas de nuevo en cosas importantes como recuperar la relación o la amistad con algunos que quedaron en el camino y a los que por alguna razón que la memoria no retuvo dejaste partir de tu lado, quizás no haciendo el suficiente esfuerzo para retenerlos e ignorando que ellos, seguramente, también tenían razones, como haber dedicado tiempo, sin mirar el reloj, a los que se fueron y pasaron tardes esperándote, qué no daría yo por compartir un vino contigo, como el principio fundamental de escuchar por delante de hablar y hacerlo en la paciente idea de entender la postura del otro en un ejercicio de comprensión honesta. Tan necesario ese silencio cuando modela en puente e invita a otros a que crucen desde la otra orilla. Y tan difícil saber callar.

En un solo día tiramos horas, ahora muchas consumidas por la tecnología que nos hace esclavos de un móvil al que dedicamos demasiadas; devoramos todo lo que nos da sin medir o darle importancia a la realidad o falsedad de su origen, abstraídos ante el video increíble, la foto fantástica, la vida de los demás como si fuera más importante que esta nuestra perdida en horas perdidas dedicadas a enseñarle a los demás nuestras vidas, lo que comemos, a dónde viajamos, si salimos a correr, o todas esas recetas incomibles embardunadas de grasas y fritanga que, en todo caso, servirían para provocar una vomitera y aliviarse de un exceso, aunque peor que hacerlo es dedicar horas a verlo hipnotizados ante la pantalla luminosa cual prisioneros ante el siguiente desparrame visual.

Tantas y tantas horas perdidas, también, en cruentas batallas que, vistas al trasluz del tiempo, provocarían sonrojo cuando, en su mayoría, serían evitables, pero la tendencia humana bascula más hacia la soberbia que hacia la humildad, a tener la razón sobre darla, a confrontar antes que a intentar entenderse. Más sabio es buscar el encuentro que enconarse en la trinchera.

Me persigue la imagen de una anciana en un portal de Madrid en enero una noche de esas que el viento helado te rasga el rostro, bajo cero el termómetro. Pasaba por allí, caminando hacia un no recuerdo qué y al mirarla, en una secuencia de dos segundos, la vi dando saltitos para entrar en calor dentro de su chaquetita raída y barata y junto a su carrito de miserias porque la calle era su hogar y yo, con mi abrigo al cuello de lana gruesa, abrigado, confortable, seco, paré en el semáforo siguiente y pensé en quitármelo y dárselo en medio de un río de transeúntes habituados, quizás, a una estampa habitual en ese otro Madrid de mendigos. Pero mi fondo burgués desechó, también en dos segundos, la idea y seguí caminando hacia un no recuerdo qué, su venganza es haberse quedado tatuada en mi memoria, dando saltitos.

Mostrarse sin corazas, sin antifaz, a veces solo a ratos porque esta selva de tanta fiera suelta engulle al que aparenta débil, es una característica humana en desuso, reconocer abiertamente el dolor o la tristeza, la pena, la herida que sangra y pedir aliento. Y darlo.

La vida es maravillosa, eso es bien cierto. Y en todas esas horas que no perdemos se comprueba; un paseo con tu hijo, o un amigo, un café con quien hace mucho que no ves y hoy le has llamado, un amanecer frío de invierno o esas puestas en la playa de julio tardías cuando el rayo verde despide el naranja del sol del día, que cada día hay uno, ese rato plácido releyendo a Márquez en su Cien años.. o a Llosa con La fiesta.. o a Muñoz Molina, Franzen, De Lillo, Roth, Barnes, Padura o tantos y tantos otros a los que la caprichosa divinidad les dio el privilegio de escribir como los ángeles para el disfrute de los demás. No hay nada más sublime, qué envidia, que dedicarse a hacer cosas de las que gocen otros, escritores, pintores, médicos, arquitectos, músicos…

Si amas los libros y la música es, matemáticamente imposible, romper del todo en el lado malo de la vida, aunque todos tengamos en nuestro interior una parte, más o menos grande, que visite a ratos la zona oscura. Dando saltitos.

“Hubo una vez un tiempo, en que te vestías tan elegante, tirabas monedas de 10 centavos a los vagabundos en tu juventud, ¿verdad?
La gente te llamaba, diciendo ten cuidado muñeca, te vas a caer”, 
cantaba Dylan en su Like a rolling…, escrita en 1965, considerada en 2004 por la revista del mismo nombre la mejor de entre las 500 mejores canciones de la historia y en cuya voz cínica del autor, rota como solo en él, acompasada por el órgano y su inconfundible armónica, palpita la esencia de toda una época ya perdida, entre horas bien resueltas escuchándola una y mil veces. Y que me sirve para poner hilo a un artículo sin pretensión más allá de hablar de la nada pero que, en su fondo, persigue el todo.

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