Otra de libros

Publicado: 15/05/2022
Autor

Adelaida Bordés Benítez

Adelaida Bordés es académica de San Romualdo. Miembro de las tertulias Río Arillo y Rayuela. Escribe en Pléyade y Speculum

Hablillas

Hablillas, según palabras de la propia autora,

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A todo nos vamos acostumbrando en este presente cuadrado de mayor o menor tamaño donde toca vivir, no hay más
Si la semana pasada los ensalzábamos, ésta comenta la conclusión a la que llega la mayoría de los adolescentes al enfrentarse a la literatura medieval: no les gusta, los espanta hasta llegar a odiar la lectura, asegura un artículo de El País aparecido hace un par de meses. Y no es para menos en un momento en que la pantalla no sólo ha ganado el terreno al libro físico, sino al contenido. Uno se adapta a leer dándole al cursor, pero no termina de añorar el tacto y el paso de las páginas. El disgustillo se digiere un poco enfocándolo al espacio ganado sin sobrecargar los estantes, al ahorro de papel contribuyendo a la sostenibilidad y a mil razones más que arrinconan hasta esconder el consumo de la luz, el desgaste visual por la fatiga, leer cada vez menos en la cama y olvidar las tardes con un libro al aire libre, bajo un árbol, paseando o en la terraza de casa.

A todo nos vamos acostumbrando en este presente cuadrado de mayor o menor tamaño donde toca vivir, no hay más. Si a nosotros nos cuesta, los jóvenes se ven obligados a hacer lo contrario, una especie de adaptación a la inversa, porque ir hacia atrás les supone el enorme esfuerzo de dosificar la inmediatez en general y el uso del móvil en particular, tiempo y espacio en lidia con la exigencia académica, es decir, con el hábito de estudio de toda la vida.

A los catorce y a los quince años cuestan Unamuno, Valle-Inclán y Pedro Salinas, y mucho más la idea de sentarse ante El Cantar del Mío Cid, las Cantigas de Santa María o El Decamerón. A los docentes, en su momento, también les costó y si hubieran podido, habrían elegido una novela histórica para conocer la época de una forma ágil y didáctica. Como vemos, nuestro presente no es tan distinto si no fuera por la pantalla, que también proyecta los textos con la misma inmediatez que un mensaje. Pero no es lo mismo, dirán los jóvenes con cierta lógica malhumorada. Pues analicemos. Un mensaje es una línea en un casillero y el texto a trabajar se compone de versos de once o catorce sílabas con posibilidades de pausa; tanto el fondo del mensaje recibido como el del texto sugerido son blancos; los contenidos de ambos se visualizan mientras se leen, con las palabras. Podríamos seguir argumentando razones a cuantas excusas puedan surgir, en vez de aprovechar el tiempo e ir leyendo despacio estas aventuras, entre cuyos personajes también encontramos guerreros con armaduras, lanzas y adargas, como en los videojuegos, sólo que estos viven en los libros de una asignatura. Al fin y al cabo, son cuadrados como las pantallas, si bien les basta la iluminación de una bombilla al anochecer. Merece la pena el esfuerzo porque llegan a gustar. Y para siempre.

Sigamos siendo prudentes.

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